La caraqueña Carmen Hurtado se ilusiona cada vez que alguien se aproxima a su improvisado puesto de venta de muñecos porque, con cada transacción, está más cerca de su sueño de tener casa propia; a sus 45 años, esta docente universitaria vive en la casa de un familiar en el deprimido barrio caraqueño de San José.

«Menos de un dólar gano como profesora»

En los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la ONU explica que la pobreza extrema es medida por un ingreso diario inferior a 1.25 dólares estadounidenses.

Así, esta caraqueña necesita más de 4,000 años de ahorro continuo para comprar un viejo y modesto apartamento de unos 50,000 dólares en Caracas, una ciudad que no escapa a la crisis de servicios públicos que padece Venezuela.

Es por ello que esta profesora universitaria busca «alternativas», como la venta de muñecos de tela que ella misma fabrica y que espera le permita completar sus ingresos mensuales.

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Afortunada en Venezuela

Como auxiliar de farmacia, la venezolana Liz Orta gana unos 35 dólares mensuales, unos ingresos que le permiten sentirse, en algunos casos, «afortunada».

Afortunada porque cada mes tiene un dinero que le permite llevar alimentos a la casa de sus suegros, donde vive con su esposo y dos de sus tres hijos. 

Al igual que Hurtado, esta mujer de 39 años sueña con un casa propia donde vivir con su familia. 

«Yo estoy en una asociación para (gestionar) viviendas, pero tengo ahí ya 20 años” 

Sus ingresos apenas le alcanzan para comer, pero cuando se atreve a soñar, Orta se ve junto a su familia en un apartamento de una céntrica zona de Guarenas.

«No tengo ni idea de cuanto cuesta un apartamento ahí porque sé que los ingresos no me van a alcanzar»

Orta tendría que juntar todos sus ingresos mensuales durante más de 55 años para comprar la vivienda que tanto desea para su familia.

Ya no existen los créditos

Hace una década, el Gobierno del entonces presidente Hugo Chávez (1999-2013) solía exhibir con orgullo datos de las varias decenas de millones de dólares que los bancos públicos y privados prestaban a los ciudadanos para comprar casas, vehículos o levantar pequeñas empresas.

El Gobierno establecía una cartera obligatoria que, en ocasiones, llevaba a la banca a ser quien propusiera a los ciudadanos créditos para el consumo, remodelar viviendas o hasta comprar casas.

Pero el crédito en Venezuela desapareció hace más de un lustro, cuando la crisis tomó forma y la inflación se elevó de forma exponencial.

Es por ello que ni Hurtado ni Orta recurren a la banca para comprar bienes inmuebles, como hacen los trabajadores de cualquier país del mundo.