AMLO y su tren: ni los veo ni los oigo

Por Ricardo Rocha

Quién lo iba a decir, que a la vuelta del tiempo aquel tan prometedor líder —supuestamente de izquierda— iba a adoptar las mismas actitudes de quien encarnó el neoliberalismo y al que odió tanto que lo tachó de “innombrable”. Y no hay exageración alguna, hoy Andrés Manuel López Obrador se parece más a Carlos Salinas de Gortari que a sí mismo.

Cada vez más autoritario y arrogante, el Presidente ni ve ni escucha a nadie. Menos aún a sus críticos y a quienes se atreven a cuestionar sus obras. A todos parejo la misma cantaleta fastidiosa de siempre: conservadores, corruptos, mercenarios o su nueva estigmatización como “traidores a la patria”. Ejemplo de ello es el reciente capítulo de su desencuentro con “los famosos” que, si no fuera un tema tan delicado, podría ser un sainete de enredos donde López Obrador se convirtió en comediante, compitiendo con Eugenio Derbez. Y trató de esconder el hecho incontrovertible y gravísimo de que el gobierno NO TIENE UN ESTUDIO DE IMPACTO AMBIENTAL que sustente una obra tan cara como desastrosa.

A ver, hay que decirlo con todas sus letras: el Tren Maya será uno de los fracasos más grandes y costosos de todos los tiempos, por múltiples razones:

-De origen: nadie lo pidió; no hay en las décadas recientes ningún exhorto de algún gobierno, universidad o entidad civil, planteando la necesidad de un tren de 1,525 kilómetros de longitud que recorrería los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo.

-Un tren indefinido: ¿O alguien tiene clara su vocación, su utilidad? ¿Qué tanto será de pasajeros, de carga o turístico? Y si este último fuera el caso, por qué no cruzará ni por Playa del Carmen ni por Campeche ni por Mérida. ¿Será porque estas ciudades lo han rechazado?

-El tren del desmadre: perdón, pero no hay calificativo mejor para describirlo; nunca hubo un “plan maestro”, indispensable en una obra de esta magnitud; ha cambiado de trazo siete veces; de terminales cuatro; nadie ha visto cómo serán los vagones; y se han removido o talado más de 21 mil árboles a lo estúpido.

-Los dineros y las cabezas: para su construcción se han expropiado 198 inmuebles y más de dos millones de metros cuadrados, cuyo costo sigue en el misterio; el plan original contemplaba un presupuesto de 120 mil millones de pesos, pero en su momento el entonces Director de Fonatur y la obra, arquitecto y conocedor de la península, Rogelio Jiménez Pons, reconoció que ya se había disparado a casi el doble, 230 mil millones, tal vez por eso lo despidió el presidente; en su lugar nombró al secretario del Bienestar, Javier May, que no tiene estudios universitarios, pero —a decir del presidente— “es un hombre con principios, con ideales, honesto y trabajador”. Por lo pronto, May ya mostró su obediencia ciega al destinar 520 millones de su presupuesto para pagarle al Ejército —la nueva cabeza del tren— la realización de un Proyecto Ejecutivo ¡a estas alturas! porque el presidente quiere su tren en 2023, “llueva, truene o relampaguee”, igualito que su ya rebautizado “aeromuerto” en Santa Lucía.

Lo insólito es que más de 300 científicos e investigadores le pidieron ya al Presidente cancelar la construcción del Tren Maya por los daños irreparables a la selva y al milenario sistema acuífero de cenotes y ríos subterráneos. Pero él sigue el ejemplo de su amigo Carlos: ciego y sordo.

Periodista. [email protected]

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