Las diferencias entre los dos principales episodios de protestas ocurridos en Washington en el último año, solo dejan en claro el privilegio blanco existente en Estados Unidos.

El pasado 1 de junio de 2020, agentes federales dispersaron com gases lacrimógenos a los manifestantes que protestaban en contra de del racismo y la brutalidad policial en el parque Lafayette, aledaño a la Casa Blanca.

Casa Blanca apagada

El humo de los gases permitió que el presidente Donal Trump cruzara la plaza donde se encontraban los “terroristas”, como llamó a los manifestantes que eran en gran mayoría pacíficos, y se tomara una foto frente a una iglesia con una Biblia en mano.

Esa noche, detuvieron a más de 300 personas, entran mayoría por quebrantar el toque de queda impuesto en Washington.  Por si fuera poco, al día siguiente la Guardia Nacional se situó frente al Monumento a Lincoln en donde decenas de manifestantes, en su mayoría negros, protestaban pacíficamente. 

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La otra cara de la moneda

En contraste, este miércoles irrumpieron en el Capitolio cientos de seguidores de Trump, incluidos grupos de supremacistas blancos, quienes tuvieron vía libre para entrar y vandalizar el lugar.

La diferencia se notó no solo en el tamaño del dispositivo de seguridad sino en el actuar de muchos policías que permitieron que los intrusos salieran del Capitolio sin arrestarlos, además les dieron indicaciones de cómo llegar a los despachos e incluso se tomaron selfies con ellos, dejando en claro el privilegio blanco existente.

Además, uno de los seguidores de Trump se paseó por el Congreso con una enorme bandera confederada, que fuera la insignia del bando que defendió la esclavitud de los afroamericanos durante la Guerra Civil de Estados Unidos.

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Seguidor paseando con la bandera confederada

Es por ello que para millones de afroamericanos fue doloroso ver por los pasillos uno de los símbolos más poderosos del supremacismo blanco, además de cuestionarse lo que pudo ocurrir si los invasores tuvieran otro color de piel o defendieran otras causas. 

“Creciendo en Georgia, veía esa bandera varias veces a la semana delante de casas, restaurantes y tiendas; era un símbolo de odio que enviaba un mensaje simple: tú no eres bienvenido aquí. Esta es la primera vez que tuve que verla en mi lugar de trabajo” escribió Josh Delaney un trabajador negro de la bancada demócrata del Senado en el diario The Boston Globe.

Reacciones ante la desigualdad de acción

Las escenas del Capitolio dejaron en shock a cientos de políticos y comentaristas blancos en todo el país, pues no podían creer que ocurriera una situación así en Estados Unidos, el faro de la libertad, el referente de la democracia. 

El presidente electo Joe Biden criticó el contraste entre ambos incidentes: “se habría tratado de manera diferente a los invasores si en vez de seguidores blancos de Trump, hubieran sido manifestantes del movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan)”.

En tanto, Kamala Harris, vicepresidenta electa escribió en su cuenta de twitter: «Hemos sido testigos de dos sistemas de justicia: uno que ha permitido a extremistas invadir el Capitolio y otro que disparó gases lacrimógenos contra manifestantes pacíficos el verano pasado. Es simplemente inaceptable».

Muchos confiaron en que solo se trate de un último fulgor del racismo y el extremismo que Donald Trump alimentó durante cuatro años en el poder, y confían que en dos semanas el país vuelva ser el espejo en el que se mira el mundo.

Sin embargo, muchos comentaristas negros dicen que ese discurso de la excepcionalidad estadounidense suena vacío e ignorante de la realidad que vive una minoría cada vez mas amplia del país.

“Esto (el asalto al Capitolio) es Estados Unidos. Esto siempre ha sido Estados Unidos. Si esto no fuera Estados Unidos, este intento de golpe no habría ocurrido. Es hora de que afrontemos esta fea verdad, dejemos que cale hasta los huesos, dejemos que nos mueva a la acción” enfatizó la escritora negra Roxane Gay, en una columna para The New York Times.

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