Enrique Rocha

Por Ricardo Rocha

Compartimos apellido, pero no éramos parientes, aunque fue mi hermano. Y desde que lo conocí, me pareció una leyenda viva: El Vampiro de la Zona Rocha; el seductor irresistible de físico impactante y voz cautivadora; actor de tiempo completo y fiel intérprete de sí mismo.

Quien, además, dio vida a los más diversos personajes que probaron su inmensa capacidad interpretativa: desde Jesús mismo en El Proceso de Cristo, hasta un agente del diablo en Serafín; su protagónico en Muñeca Reina, basada en el cuento de Carlos Fuentes; una actuación inolvidable en Morir en el Golfo, la novela de Héctor Aguilar Camín llevada al cine; su filmografía de 38 cintas incluyó películas como Tiempo de Morir, dirigida por Arturo Ripstein con guión de Gabriel García Márquez; y en su amplísimo abanico dio voz a la pantera negra en El Libro de la Selva.

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En teatro, baste mencionar su inolvidable interpretación de Hamlet, la obra icónica de Shakespeare. Aunque sería la televisión la que le demandaría años y actuaciones tan diversas como el Virrey Félix María Calleja en La Antorcha Encendida o el Tío Polo en Mundo de Juguete. Por todo ello, me parece corta y un tanto injusta la estigmatización de villano, aunque dada su personalidad y su voz encarnara a la perfección a varios de ellos.

Sin embargo, ocurre que además de primerísimo actor, Enrique Rocha era un ser humano fuera de serie. Su encanto personal llamaba la atención en cualquier parte. Caballeroso y gentil, sembraba y cosechaba lo mismo respeto que cariño donde quiera que iba. Era también extraordinariamente culto. Capaz de sostener interminables conversaciones lo mismo de historia que de política, de todas las manifestaciones del arte o de los orígenes de los buenos vinos. Fue también un ajedrecista formidable, al grado de sostener encuentros con grandes maestros a través del correo o el teléfono en partidas que se prolongaban por semanas o hasta meses.

En lo personal, tuve el privilegio de disfrutar de una amistad que se fue acrecentando con los años hasta el grado intensísimo de verdadera fraternidad. Alguna vez le rascamos al árbol genealógico y llegamos a la conclusión de que éramos de ramas distintas de Rochas; él de Silao, Guanajuato, y yo de raíces jaliscienses pero aquerenciadas en Tepito. De cualquier modo, y para evitar largas explicaciones, nos asumimos ante los demás como primos y entre nos como “primates”. Por cierto, siempre con un enorme sentido del humor que en Enricote era lo más parecido al sentido del amor.

Tuve también la fortuna de contarlo entre mis más entrañables colaboradores Para Gente Grande. Decía los poemas como nadie. Lo mismo clásicos de San Juan de la Cruz o Amado Nervo, que contemporáneos de la talla de Jaime Sabines, Eduardo Lizalde o José Emilio Pacheco. A veces por puro divertimento literario nos retábamos a la memoria de los versos a dos voces.

He de confesar que no fui a su funeral. Me resistí a verlo así o a imaginarlo encerrado así. Prefiero recordarlo como él decía “gozoso” y sonriente con esa voz portentosa y con un buen “wiscol” en la mano o paladeando un gran tinto.

Tampoco me he atrevido a abrir mi teléfono donde dice “Rochón”; pero un día de estos lo haré para escribirle un mensaje: “primate, hermano, sabes que siempre te llevaré en mi cabeza y en mi corazón”.

Periodista. [email protected]

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