Rubén Fuentes: “Y si vivo cien años…”

Por Ricardo Rocha

Por poco llega. Nació en Ciudad Guzmán, Jalisco en 1926 y acaba de fallecer en Guadalajara a los 95 años. Así que solo le faltaron cinco para cumplir con la profecía de su canción. Aunque ésta se verá superada, porque vivirá eternamente.

Él fue un hombre inmenso en todos sentidos. Que me privilegió con su amistad y al que siempre recordaré con enorme cariño.

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Rubén Fuentes cambió el rumbo de la música mexicana al darle al mariachi, con el ejemplo del icónico Vargas de Tecalitlán, una indiscutible calidad interpretativa y aires sinfónicos insospechados. Resistí la tentación de sus rasgos biográficos y la enumeración de sus decenas de éxitos musicales. Decidí en cambio rescatar su palabra. De aquella larga entrevista que me concedió y que, según sé, fue única. Hablamos de todo un poco: de su llegada siendo un jovencito violinista clásico prodigio, para revolucionar al Vargas con Don Silvestre, su creador; de Pedro Infante, su gran intérprete; de sus increíbles innovaciones musicales y… por supuesto, de las mujeres… Aquí algunos fragmentos de memoria:

-Pues yo creo que hubo un momento en que varios pensaron y opinaron que yo lo estaba destrozando, pero como yo llegué al mariachi en un momento en que no sabía nada de música de mariachi, yo creo que Silvestre vio que sabía tocar un poco el piano, un poco el violín, que sabía música. Yo creo que me tuvo confianza y yo a él también; así que nos ayudamos mutuamente y pudimos hacer estos cambios.

-Las canciones con Pedro siempre eran un poco primitivas o elementales, no sé cómo nombrarlas. Pedro era apenas 11 años mayor que yo, pero siempre se llevó muy bien conmigo. Era totalmente lo contrario a lo que piensa mucha gente; por ejemplo, nunca tomaba, pero lo borracho le salía mejor que a mí que lo práctico.

-Así que empecé haciéndole casi puras de borracho porque era la imagen que tenía más fijada con el público. Empezamos con El Papalote y Siempre que me emborracho; todas esas, hasta que se me ocurrió hacerle un bolerito, y así nació Cien Años. Ahí usamos por primera vez una guitarra eléctrica y una hawaiana.

-Lo que más aprecio de mis amigos es que me soporten porque les digo cosas que realmente no aguantarían a otras personas.

-Pues para mí las mujeres han sido compañía, no tengo quejas, ni podría hablar mal de ninguna de las que he conocido, afortunadamente en los últimos periodos me ha ido muy bien. Pero la mujer es algo indispensable en la vida del hombre: mujer madre, mujer hija, mujer esposa, mujer, punto. Lo único que puedo decirle es que puedo saludarlas a todas todavía y me contestan el saludo con afecto.

-Lo que pasa es que todas las relaciones tienen un comienzo, luego llegan a un clímax y como todo después disminuyen y yo creo que todo el secreto es, como decía Renato: “A tiempo amar y desatarse a tiempo”. Entonces no hay tiempo para odios, no hay tiempo para recriminaciones, no hay tiempo para nada; aunque quizá haya un poquito de dolor al principio, pero no llegamos a esas instancias alargadas por compromisos o por familias o por lo que sea que destruyen el uno al otro.

-A ver —me reta— usted que dizque sabe mucho de letras de canciones: ¿por qué el Son de la Negra habla de “ojos de papel volando”?

-La verdad no sé.

-Porque en las fiestas de pueblo, los papeles en cuadritos parpadean como los ojos de las mujeres. Hasta que se pierden en el cielo.

-Además de su Bikina y Cien años, con eso me quedo por siempre, Don Rubén.

 Periodista. [email protected]

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