Vicente Fernández seguirá siendo El Rey

Por Ricardo Rocha

Estos son fragmentos de mi primera conversación con él en Para Gente Grande en 1984. Todavía nos hablábamos de usted. Aquí algunas de sus respuestas, que trazan la personalidad del más grande cantor de nuestra canción ranchera. Es mi humilde homenaje a un gigante:

—Gracias por invitar a una gente tan chaparra a un programa tan grande (nos carcajeamos los dos, él con un imponente traje blanco de charro). Mira, Ricardo, yo nunca he ocultado ni mi origen humilde ni el otro de mi primera infancia, cuando mi padre era ganadero y traía carro del año. Aunque la verdad nunca me gustó estudiar. Pero mi padre fracasó en los negocios y nos fuimos para Tijuana. Y ahí sí tuve que empezar de cero: lavando coches, lavando pisos, platos; también fui mesero y cajero. Aunque siempre supe que lo mío era la cantada. Así que nos regresamos a Guadalajara.

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—Alguna vez alguien me preguntó qué se siente amanecer rico y famoso. Y yo le dije que era una desvelada de 20 años. Imagínate que me dieron chance en “El Sarape” y me pagaban 75 pesos por tres variedades. Y luego por el estilo en el “Amanecer Tapatío” ya en el DF. Sí, sé que ahora cobro mucho. Pero si consideramos todos aquellos años de tan poquito, pues a lo mejor hasta soy barato.

—No me lo tomen como fantochada. Lo que pasa es que yo siempre tuve la seguridad de ser alguien como cantante. Y sé que es injusto que un señor que estudió duro en una Universidad gane mucho menos que yo. Pero yo pienso, Ricardo, que se puede tener todo el dinero del mundo y ser muy pobre de espíritu. Yo, efectivamente, soy millonario, pero muy millonario en cariño. Porque lo que no se compra ni con todo el dinero del mundo es el cariño de la gente; y ese no se devalúa. Así que para mí el dinero es bonito porque puedo darme satisfacciones que antes no me podía dar; pero yo pienso que mientras Dios me dé salud, podría regresar a quedarme pobre y volver a empezar.

—Sí, a veces me veo en el espejo y me pregunto: ¿por qué yo? Pero también pienso que yo ofrezco todo en cualquier escenario. Ahora, tengo que ser sincero: yo canto para mí, entregando mi alma en cada frase. Pero también canto todas las canciones que el público me pide.

—Ahora que, si no se ha amado, si no se ha sufrido, si no se ha vivido, si no se han tenido vivencias, para que veas que también sé palabras domingueras, no se puede expresar lo que le sale a uno de aquí cantando.

—Alguna vez ese gran periodista que fue Memo Vázquez Villalobos me preguntó: ¿Oye Chente, es muy duro para ti llenar los huecos de esos grandes ídolos, Pedro, Jorge, Javier? Y yo le dije, los huecos no los llena nadie, nunca jamás. Lo que sí me pregunté algún día es por qué ni Pedro Infante, ni Jorge Negrete, ni Javier Solís pisaron Bellas Artes siendo tan grandes ídolos. Y claro, a mí me hubiera gustado cantar ahí.

Años después, y luego de otras entrevistas y actuaciones memorables en mis programas que incluyeron la insensatez de cantar juntos “Volver, volver”, estaba en Zacatecas y acudí a verlo al palenque. Me identificó entre el público y me dedicó cariñoso un par de canciones. Fui a agradecerle al camerino y le chuleé su traje y una pistola preciosa con una cabeza de toro de plata en la cacha. “Es tuya”, me dijo. Me negué, pero me insistió. Como coincidimos en el hotel, al día siguiente se la mandé con una canasta de frutas y una nota de agradecimiento. Al poquito casi me tumban la puerta, estaba furioso: ¿Crees que yo le regalo mis pistolas a cualquiera; reniegas de mi fraternidad? Dame mi pistola, le dije, y desde entonces la conservo con enorme cariño; lo mismo que las entrevistas, pero sobre todo nuestras personales charlas entrañables. Ahora sé que Bellas Artes se lo perdió, pero nos lo ganamos todos los mexicanos.

Periodista. [email protected]

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